Desajuste.

Recuerdo perfectamente dónde estaba hace un año. Lo recuerdo tan perfectamente que resulta casi obsceno.
Hoy (ayer más bien) hace un año que conocí a la que seguramente sigue siendo mi gata favorita. Hace un año que me inventé un día más de LIC. También hace un año que perdí un metro y no me importó lo más mínimo esperarlo una hora entera. Hace un año que vi por última vez a Iván (qué será del chaval?).

Y hoy, irremediablemente, me siento mal.

Estabas detrás de aquella canción de Llach. También detrás del mítico poema de Estellés. Aunque solo fuera por aquella vez que me escapé de la fiesta para montar mi propia fiesta.
Supongo que la piel de gallina es la forma que tiene el alma de llorar en silencio.

Sin embargo, no se puede afirmar con rotundidad que todo ha ido bien desde aquella cosa que parte el año en dos. Tampoco que todo ha ido mal, claro. Pero todo tiende al “y si…?”. Igual que tantas otras veces.

Luego aparte está lo del sábado por la noche. Qué vergüenza. Qué tristeza. Qué pena. Se me acaban casi las palabras. A quién se le ocurre…

Si fuera fuerte quizá no estaría escribiendo esto. “Se me vino abajo el mundo, no pude con la presión. Ójala no hubiera escrito esta canción.” Si fuera fuerte, no habría pensado en llamarte. Quién me asegura que no lo haré. Una noche de estas. Quizá cuando menos me lo espere.

Es que joder, no debería estar así. Tres meses y medio han pasado desde aquel tranvía, desde aquella cerveza.

Me voy a ir a dormir pronto. Buenas noches, que no lo he dicho antes.

En búsqueda permanente.

Iba a permitirme empezar directamente sin saludar, pero creo que al fin y al cabo no hay que perder las formas.

Buenas noches.

Me considero una persona que está siempre buscando algo, que nunca llega a ser plenamente feliz. Siempre hay algo que falta, sea una absoluta chorrada o sea algo más importante. Y estos días hay cosas que faltan mucho, y no solo las evidentes.
No recuerdo bien dónde era que se preguntaban si se puede echar de menos algo que nunca se ha tenido. No tengo la respuesta a eso. Hay tantas cosas para las que no tengo respuesta ahora mismo… Si pudiera observarme a mí mismo desde fuera, si una versión mejor de mí mismo pudiera darme consejos, quizá me diría que no me lo tome tan en serio y que no sea tan dramático escribiendo, que olvide eso de proyectar una imagen lastimera de mí mismo.
Pero no es tan fácil.

También pienso a veces en esa frase que decíamos, y en la de la canción triste favorita. Por un lado, eso de “nunca perdiste la fe en mí, ni la esperanza de que solo fueran tiempos raros”. Por otro, lo de que dejas huella. Qué razón tenías.
Está siendo duro. Por todo. Por lo que era antes, la media pastilla diaria que apareció cuando no tenía que haber aparecido y nos obligó a replantear tantas cosas (un plural ahora lamentablemente mayestático). Por lo que fue en ese momento, las lágrimas que no supe llorar, verte bloquearme en riguroso directo, leer el texto más largo y poético que me has escrito nunca a modo de despedida. Por lo que vendría después, Esteve cambiando el examen, mi cobardía o valentía al actuar con normalidad, darse cuenta de que después de todo nada sirvió de algo.
También, por las cosas transversales. Por procrastinar hasta perder la noción de lo importante. Por dormir cuando no hacía falta y velar también cuando no había necesidad. Por hacer cosas que no me gusta hacer. Por las putas excentricidades y lo que hay que hacer para remediarlas. Por no querer guardar tus cosas del todo. Porque a veces odio la clase de persona en la que me estoy conviertiendo.

Hay pequeños oasis, claro. Si no no sé qué habría pasado ya. Personas, especialmente. Personas que escuchan pacientemente, que dan consejos sabios, que intentan que esté mejor. También está el Mundial, esa casi absurda obsesión. El algoritmo.

De cara a la gran incógnita del verano, cabe decir que de los tres ejes en torno a los que gira todo están muy lejos de cualquier respuesta clara. ¿Quién soy? Pues, alguien, supongo. ¿A dónde quiero llegar? No sabe, no contesta. ¿Con quién quiero ir? Con quien quiera llevarme, a pie, en coche, en bici, en helicóptero, de rodillas o empujando mi silla con ruedas.

Voy acabando. No creo que sea momento de pedirte que vuelvas. Tampoco creo que fuera a aportar nada, ni a mí, ni a ti, ni al universo en general. Lo cierto es que, como puede deducirse de todo lo de arriba, no sé qué hacer, aunque tengo una ligera idea de lo que no hacer. Pero no parece ser suficiente.
Búsqueda permanente de la felicidad, tan permanente como infructuosa.
Y me voy hundiendo poco a poco, esperando que algo o alguien pase como de repente y me haga recuperar tantas cosas. Tantas cosas que hubo en otros meses. Sensaciones como las de Fallas, a pesar de todos los problemas, sensaciones que solo aportabas tú.

Buenas noches a todos.
Quart de Poblet, día de San Fermín de 2018.

50 horas en silencio.

Con el paso al día de hoy (con lo que sería la última campanada, cuando el reloj dejó atrás sin piedad las 23:59:59 de ayer), se rompía una racha de 284 elementos. De 284 días. Dicho así, suena a muchísimo. Tampoco es para menos.
284 días dan para mucho. Equivalen a poco más de 9 meses, a poco más de 40 semanas. Desde luego, encadenar 284 unidades consecutivas de lo que sea para que la número 285 no ocurra parece a primera vista algo trágico.
Efectivamente, hasta cierto punto lo es.
Más si tenemos en cuenta las peculiaridades del caso. Llevaba 284 días seguidos hablando contigo. Y ayer, por primera vez desde que hablo contigo, pues no hablé contigo. Ya ves. Parece una contradicción, formulado tan repetitivamente, y aún así lo que más miedo da es que es totalmente cierto.
Es un momento realmente delicado, éste que atravesamos. Hoy ha sido un día mejor que ayer, y realmente espero que sea peor que mañana. ¿Por qué? Pues porque el silencio se ha limitado a (un poco menos de) 50 horas.
Después de los 284 días de música y de las 50 horas de silencio, te decidiste a hablar. A hablar sin decir nada concreto, simplemente a jugar al Test. Pero quise interpretar que, al menos en ese momento, te apeteció saber más de mi. Seguir conociéndome. De eso se trata. Y en eso me equivoqué el martes. Mientras quede algo por conocer, significará que esto tiene aún recorrido por delante.
Para el improbable caso de que leyeras esto antes de nuestra tan ansiada conversación, quería dejar por aquí establecida parte de mi “línea argumental”, también para que no se me olvide a mí.
No estoy en posición de exigir (ta-tín!, otras preguntas respondidas), decía, no estoy en posición de exigir absolutamente nada, y por eso no voy a exigir absolutamente nada. Como decía aquel texto tan antiguo, “yo quería calle Colón pintada de naranja / me tomas de la mano / hay luz en los Starbucks…”. No sé a qué venía eso ahora, pero bueno, ya está dicho.
He pensado estos días también en la canción de Passenger. Sí, esa de título tan bonito y a la vez tan aterrador. No sé, a veces no somos conscientes de a qué altura estamos hasta que no asomamos medio cuerpo al balcón, hasta que no resbalamos y nos quedamos con la vista perdida en ese abismo del que nos ha costado 284 días subir.
Mi apuesta es por ti, por nosotros. No nos van las cosas fáciles, evidente es. Pero nada de lo que merece la pena es fácil.
Estos días me ha llamado la atención también la forma de anunciarse de la UPV. “No necesitas promesas”, decían. Quizá me ha llamado tanto la atención porque me sentía aludido. No por mí, sino por nosotros. Si no necesitas promesas, no tendrás promesas, tendrás hechos. Y soy muy consciente de que es la enésima vez que digo esto, y que cada vez que lo digo pierde un poco de valor, pero quiero volcar todos mis esfuerzos en que esto salga bien.
A pesar de todas las estupideces, de todas las idioteces que han ido sucediendo, esto se trata de jugárselo diariamente a todo o nada. Y, por supuesto, de elegir el todo. Lo elegí el primero de aquellos 284 días y así lo haré hasta el final. Y no pienso ser yo el que diga cuando es el final.

Quart de Poblet, 8 de junio de 2018.

De seis en seis.

De pequeños, el seis era un número que asustaba. Era la peor nota que existía en el sistema alemán, algo casi innombrable. Un seis, como calificación, recibía la descripción de “ungenügend”, o de “muy deficiente” en una traducción bastante rudimentaria.
Pasé por eso una vez, cuando estaba en tercero de la ESO. Biología. Cómo olvidarlo. Un examen delante de mí y yo sin saber donde esconderme, mirando al cielo o al suelo. A los pocos días, el resultado: un 28% de la nota y ese seis.
La verdad es que nunca había prestado demasiada atención al seis (después de ese momento). Y eso que el seis es uno de los tres números que sale en mi dirección de correo. Que el seis es mi mes de nacimiento, junio.
Y luego, mucho tiempo después, llegó el (veinti)seis. Un seis que lo cambiaría todo, originario del seis del nueve.

Y ahora, seis del seis. Seis de seis. Los primeros seis. En nada, en 72 horas.
Como siempre decimos, quién nos lo iba a decir… Pero aquí estamos. Dándolo todo. Y que siga así por mucho tiempo más.
Jugándonoslo a todo o nada. Porque juntos somos imparables. Porque siempre fuertes, nunca rotos. Porque esto vale mucho más de lo que creemos que vale. Porque no necesitamos etiquetas, creamos rutina a nuestra manera.

En Quart de Poblet, el 24 de febrero de 2018.

Si no te quisiera.

Imagino que todo hubiera sido más fácil
si no te quisiera.
Si no te hubiera querido.
Si no te habré querido,
al final,
después de pescados sin sal,
después de cargadores ajenos,
después de granizo en el aeropuerto.
Me lo imagino vagamente,
como en una nube
en la que debería estar
y a pesar de todo
no estoy.
Mi traicionera cabeza
tiende al subjuntivo,
al “y si…”,
a las malditas hipótesis
que nadie entiende.
Ya renuncié a pedir a nadie
que se ponga en mi lugar,
porque si yo me metí en esto,
yo saldré. De alguna forma.
Si no te quisiera
me habría desorientado
condenado a mirarte desde fuera
y dejar que te tocara el sol.

Dejaré de lado la vereda de la puerta de atrás.
Lo prometo.

Ya lo hice una vez,
pero eso no lo hace más fácil.

Vicent.

De una idea a horas más altas aún de la madrugada.

Los que se quieren, al menos, se quieren.
Y eso es lo mejor que tienen. Quizá lo único.
Por eso lo cuidan. Eso es la fidelidad.
Saber que por encima de ambos hay algo.

Es precioso que los que se quieren se quieran.
Pero a la vez puede ser fatídico para el resto.
Porque el mundo exterior pasa a ser el resto.
Un resto que no se quiere.

Y por ese motivo deberíamos querer a alguien.
Y ser queridos, claro. Al menos una vez.
Tener una oportunidad en la vida para ser recordado.
No como persona, eso está de más.

Lo bello es ser recordado por estar como ente.
Como ente que forma parte de ese algo.
Es ese ente, el amor en sí, lo que perdura.
Todo lo demás caduca y muere.

Querer a alguien se vuelve casi urgente.
Porque, al caducar y morir, algo estará claro:
que los que se quieran seguirán allí
gracias a ese bendito ente.

De los otros nadie se acuerda.
Sin amor no hay gloria, no hay nada,
y los que no se quieren son los mismos
que lloran en las barras de los bares.

No tenemos ninguna foto juntos.

No tenemos ninguna foto juntos, ni la vamos a tener. Y la culpa de esto, o la responsabilidad, o como quieras llamarla, la tienes tú. Tú eres la que quiso que esto no fuera a ninguna parte, la que sin ningún motivo dejó de contestarme a mensajes de cualquier tipo.

Seguramente no sea lo más sensato ni lo más maduro echarte toda la culpa, transmitirte íntegramente la “responsabilidad”, ni llevar a esta noche casi prematura de Bremen sentimientos que debería haber dado por superados. Pero entiéndeme, me da rabia. Hace un año éramos casi inseparables, y, como dice la canción de Frozen, ahora no, de hecho ahora somo injuntables prácticamente.

Recuerdo el día en el que Shahlo me pidió una foto en la que estuviéramos juntos, y con un poco de sorpresa tuve que decirle que no, que no teníamos ninguna. Para cuando me lo dijo ya éramos poco más que nada, pero yo aún confiaba en alguna foto en las cenas post-exámenes o eso.

Me voy a despedir con una estrofilla hace un mes por otro asunto, pero que tampoco viene mal aquí:

“Yo quería calle Colón pintada de naranja,

me tomas de la mano,

hay luz en los Starbucks…”

 

Un beso, lectores.

Viernes #1.

Buenas, hoy es viernes, no paro, pero hoy, aparte de no parar, ha sido un día muy bueno. Voy a dejaros con solo una frase para que la penséis, en alemán, por si alguien está practicando:

 

“-Du bist verliebt, oder scheinst zumindest so zu sein. Freut mich für dich.

-Dann gehe ich irgendwo und lass mich es bescheinen”

 

El viernes no paro y también escribo de vez en cuando en:

lunatextes.blogspot.com.es

elvientomerecogioyundeseopedi.blogspot.com.es

mejoresperamosunrato.blogspot.com.es

 

Vielen Dank!

Vicent.

27 de abril de 2013.

Buenas noches, mundo.

Aquí estoy otra vez, he de reconocer que tenía olvidado este blog, pero no se puede estar pendiente de todo.

También he de reconocer que no estoy muy inspirado esta noche, pero bueno, voy a hablaros de mi experiencia en la Universidad.

Llegué como supongo que llegamos todos, con solo una persona conocida en mi grado y con un poco de respeto porque no sabía lo que me iba a encontrar. Llegué también en una época bastante mala en lo personal, estaba pasando por una etapa de esas que son difíciles aunque muy bien no puedas decir por qué.

Pero la verdad es que poco tardé en acostumbrarme a esa nueva realidad. Cada clase era una experiencia más o menos nueva, un poco distinta a la anterior, y cada día conocíamos, yo al menos, a alguna persona más. A otro que se encontraba en la misma situación que tú, que en alguna ocasión había hecho muchos kilómetros para llegar hasta allí, y que por suerte o por desgracia iba a compartir contigo por lo menos los dos próximos años de tu vida.

Hizo todo un poco más fácil el hecho de que después del primer mes tuviéramos el jueves libre, aparte de por los miércoles que salimos con los Erasmus, porque venía bien para desatascar después de tres largos días dándolo todo. A mi, personalmente, también me venía mejor dada mi clase de piano del jueves.

Después de eso llegaron las vacaciones de Navidad y la primera tanda de exámenes, saliera como saliera. Así, un bonito 4 de febrero nos plantamos en el segundo semestre, con cinco nuevos desafíos por delante. No quiero evaluar aún lo que está siendo porque quiero esperarme a ver lo que será. Y aquí lo voy a dejar por hoy.

Con cariño, Vicent.