50 horas en silencio.

Con el paso al día de hoy (con lo que sería la última campanada, cuando el reloj dejó atrás sin piedad las 23:59:59 de ayer), se rompía una racha de 284 elementos. De 284 días. Dicho así, suena a muchísimo. Tampoco es para menos.
284 días dan para mucho. Equivalen a poco más de 9 meses, a poco más de 40 semanas. Desde luego, encadenar 284 unidades consecutivas de lo que sea para que la número 285 no ocurra parece a primera vista algo trágico.
Efectivamente, hasta cierto punto lo es.
Más si tenemos en cuenta las peculiaridades del caso. Llevaba 284 días seguidos hablando contigo. Y ayer, por primera vez desde que hablo contigo, pues no hablé contigo. Ya ves. Parece una contradicción, formulado tan repetitivamente, y aún así lo que más miedo da es que es totalmente cierto.
Es un momento realmente delicado, éste que atravesamos. Hoy ha sido un día mejor que ayer, y realmente espero que sea peor que mañana. ¿Por qué? Pues porque el silencio se ha limitado a (un poco menos de) 50 horas.
Después de los 284 días de música y de las 50 horas de silencio, te decidiste a hablar. A hablar sin decir nada concreto, simplemente a jugar al Test. Pero quise interpretar que, al menos en ese momento, te apeteció saber más de mi. Seguir conociéndome. De eso se trata. Y en eso me equivoqué el martes. Mientras quede algo por conocer, significará que esto tiene aún recorrido por delante.
Para el improbable caso de que leyeras esto antes de nuestra tan ansiada conversación, quería dejar por aquí establecida parte de mi “línea argumental”, también para que no se me olvide a mí.
No estoy en posición de exigir (ta-tín!, otras preguntas respondidas), decía, no estoy en posición de exigir absolutamente nada, y por eso no voy a exigir absolutamente nada. Como decía aquel texto tan antiguo, “yo quería calle Colón pintada de naranja / me tomas de la mano / hay luz en los Starbucks…”. No sé a qué venía eso ahora, pero bueno, ya está dicho.
He pensado estos días también en la canción de Passenger. Sí, esa de título tan bonito y a la vez tan aterrador. No sé, a veces no somos conscientes de a qué altura estamos hasta que no asomamos medio cuerpo al balcón, hasta que no resbalamos y nos quedamos con la vista perdida en ese abismo del que nos ha costado 284 días subir.
Mi apuesta es por ti, por nosotros. No nos van las cosas fáciles, evidente es. Pero nada de lo que merece la pena es fácil.
Estos días me ha llamado la atención también la forma de anunciarse de la UPV. “No necesitas promesas”, decían. Quizá me ha llamado tanto la atención porque me sentía aludido. No por mí, sino por nosotros. Si no necesitas promesas, no tendrás promesas, tendrás hechos. Y soy muy consciente de que es la enésima vez que digo esto, y que cada vez que lo digo pierde un poco de valor, pero quiero volcar todos mis esfuerzos en que esto salga bien.
A pesar de todas las estupideces, de todas las idioteces que han ido sucediendo, esto se trata de jugárselo diariamente a todo o nada. Y, por supuesto, de elegir el todo. Lo elegí el primero de aquellos 284 días y así lo haré hasta el final. Y no pienso ser yo el que diga cuando es el final.

Quart de Poblet, 8 de junio de 2018.

De seis en seis.

De pequeños, el seis era un número que asustaba. Era la peor nota que existía en el sistema alemán, algo casi innombrable. Un seis, como calificación, recibía la descripción de “ungenügend”, o de “muy deficiente” en una traducción bastante rudimentaria.
Pasé por eso una vez, cuando estaba en tercero de la ESO. Biología. Cómo olvidarlo. Un examen delante de mí y yo sin saber donde esconderme, mirando al cielo o al suelo. A los pocos días, el resultado: un 28% de la nota y ese seis.
La verdad es que nunca había prestado demasiada atención al seis (después de ese momento). Y eso que el seis es uno de los tres números que sale en mi dirección de correo. Que el seis es mi mes de nacimiento, junio.
Y luego, mucho tiempo después, llegó el (veinti)seis. Un seis que lo cambiaría todo, originario del seis del nueve.

Y ahora, seis del seis. Seis de seis. Los primeros seis. En nada, en 72 horas.
Como siempre decimos, quién nos lo iba a decir… Pero aquí estamos. Dándolo todo. Y que siga así por mucho tiempo más.
Jugándonoslo a todo o nada. Porque juntos somos imparables. Porque siempre fuertes, nunca rotos. Porque esto vale mucho más de lo que creemos que vale. Porque no necesitamos etiquetas, creamos rutina a nuestra manera.

En Quart de Poblet, el 24 de febrero de 2018.

Si no te quisiera.

Imagino que todo hubiera sido más fácil
si no te quisiera.
Si no te hubiera querido.
Si no te habré querido,
al final,
después de pescados sin sal,
después de cargadores ajenos,
después de granizo en el aeropuerto.
Me lo imagino vagamente,
como en una nube
en la que debería estar
y a pesar de todo
no estoy.
Mi traicionera cabeza
tiende al subjuntivo,
al “y si…”,
a las malditas hipótesis
que nadie entiende.
Ya renuncié a pedir a nadie
que se ponga en mi lugar,
porque si yo me metí en esto,
yo saldré. De alguna forma.
Si no te quisiera
me habría desorientado
condenado a mirarte desde fuera
y dejar que te tocara el sol.

Dejaré de lado la vereda de la puerta de atrás.
Lo prometo.

Ya lo hice una vez,
pero eso no lo hace más fácil.

Vicent.

De una idea a horas más altas aún de la madrugada.

Los que se quieren, al menos, se quieren.
Y eso es lo mejor que tienen. Quizá lo único.
Por eso lo cuidan. Eso es la fidelidad.
Saber que por encima de ambos hay algo.

Es precioso que los que se quieren se quieran.
Pero a la vez puede ser fatídico para el resto.
Porque el mundo exterior pasa a ser el resto.
Un resto que no se quiere.

Y por ese motivo deberíamos querer a alguien.
Y ser queridos, claro. Al menos una vez.
Tener una oportunidad en la vida para ser recordado.
No como persona, eso está de más.

Lo bello es ser recordado por estar como ente.
Como ente que forma parte de ese algo.
Es ese ente, el amor en sí, lo que perdura.
Todo lo demás caduca y muere.

Querer a alguien se vuelve casi urgente.
Porque, al caducar y morir, algo estará claro:
que los que se quieran seguirán allí
gracias a ese bendito ente.

De los otros nadie se acuerda.
Sin amor no hay gloria, no hay nada,
y los que no se quieren son los mismos
que lloran en las barras de los bares.

No tenemos ninguna foto juntos.

No tenemos ninguna foto juntos, ni la vamos a tener. Y la culpa de esto, o la responsabilidad, o como quieras llamarla, la tienes tú. Tú eres la que quiso que esto no fuera a ninguna parte, la que sin ningún motivo dejó de contestarme a mensajes de cualquier tipo.

Seguramente no sea lo más sensato ni lo más maduro echarte toda la culpa, transmitirte íntegramente la “responsabilidad”, ni llevar a esta noche casi prematura de Bremen sentimientos que debería haber dado por superados. Pero entiéndeme, me da rabia. Hace un año éramos casi inseparables, y, como dice la canción de Frozen, ahora no, de hecho ahora somo injuntables prácticamente.

Recuerdo el día en el que Shahlo me pidió una foto en la que estuviéramos juntos, y con un poco de sorpresa tuve que decirle que no, que no teníamos ninguna. Para cuando me lo dijo ya éramos poco más que nada, pero yo aún confiaba en alguna foto en las cenas post-exámenes o eso.

Me voy a despedir con una estrofilla hace un mes por otro asunto, pero que tampoco viene mal aquí:

“Yo quería calle Colón pintada de naranja,

me tomas de la mano,

hay luz en los Starbucks…”

 

Un beso, lectores.

Viernes #1.

Buenas, hoy es viernes, no paro, pero hoy, aparte de no parar, ha sido un día muy bueno. Voy a dejaros con solo una frase para que la penséis, en alemán, por si alguien está practicando:

 

“-Du bist verliebt, oder scheinst zumindest so zu sein. Freut mich für dich.

-Dann gehe ich irgendwo und lass mich es bescheinen”

 

El viernes no paro y también escribo de vez en cuando en:

lunatextes.blogspot.com.es

elvientomerecogioyundeseopedi.blogspot.com.es

mejoresperamosunrato.blogspot.com.es

 

Vielen Dank!

Vicent.

27 de abril de 2013.

Buenas noches, mundo.

Aquí estoy otra vez, he de reconocer que tenía olvidado este blog, pero no se puede estar pendiente de todo.

También he de reconocer que no estoy muy inspirado esta noche, pero bueno, voy a hablaros de mi experiencia en la Universidad.

Llegué como supongo que llegamos todos, con solo una persona conocida en mi grado y con un poco de respeto porque no sabía lo que me iba a encontrar. Llegué también en una época bastante mala en lo personal, estaba pasando por una etapa de esas que son difíciles aunque muy bien no puedas decir por qué.

Pero la verdad es que poco tardé en acostumbrarme a esa nueva realidad. Cada clase era una experiencia más o menos nueva, un poco distinta a la anterior, y cada día conocíamos, yo al menos, a alguna persona más. A otro que se encontraba en la misma situación que tú, que en alguna ocasión había hecho muchos kilómetros para llegar hasta allí, y que por suerte o por desgracia iba a compartir contigo por lo menos los dos próximos años de tu vida.

Hizo todo un poco más fácil el hecho de que después del primer mes tuviéramos el jueves libre, aparte de por los miércoles que salimos con los Erasmus, porque venía bien para desatascar después de tres largos días dándolo todo. A mi, personalmente, también me venía mejor dada mi clase de piano del jueves.

Después de eso llegaron las vacaciones de Navidad y la primera tanda de exámenes, saliera como saliera. Así, un bonito 4 de febrero nos plantamos en el segundo semestre, con cinco nuevos desafíos por delante. No quiero evaluar aún lo que está siendo porque quiero esperarme a ver lo que será. Y aquí lo voy a dejar por hoy.

Con cariño, Vicent.

¡Hola mundo! Este sí que soy yo.

Hola, soy estudiante de primero del Grado en International Business, y este es mi tercer blog, si contamos los externos a la Universidad.

Espero aprender mucho de este grado, y en concreto de las seis horas de clase de mañana.

Hoy no tengo nada más que decir, así que me despido de los lectores.

 

Buenas noches, gente.